Relato mata dato

Mundial y disociación

El psicólogo neoyorkino Leon Festinger publicó su teoría en, A Theory of Cognitive Dissonance, un libro de 1957, en el que caracterizó cómo las personas experimentan malestar cuando tienen creencias contradictorias o cuando sus acciones contradicen sus creencias.

Desde entonces, la disonancia cognitiva se ha convertido en una de las teorías más influyentes e investigadas de la psicología social. Y, según su gravedad, en el plano clínico, las personas intentarán reducirla para aliviar el malestar existencial que causa. 

Muchas veces originada en una experiencia traumática, la disociación es, además, un mecanismo de defensa hacia aquello que nos perturba. Algunas personas tenemos una tolerancia más alta a la incertidumbre e inconsistencia, y podemos experimentar menos disonancia cognitiva que aquellos que requieren mayor consistencia.

Las personas que experimentan disonancia cognitiva pueden notar que se sienten ansiosas, culpables o avergonzadas. Como resultado, pueden: intentar ocultar a los demás sus acciones o creencias, racionalizar sus acciones o elecciones continuamente, alejarse de conversaciones o debates sobre temas específicos, evitar conocer información nueva que va en contra de sus creencias existentes, ignorar investigaciones, artículos del periódico o consejos del médico que causan disonancia.

Por estos días en los que se desarrolla el Mundial de fútbol se da el caso de que para muchas personas que siempre han disfrutado y alentado a la selección de la Argentina, la coyuntura política les ha hecho cuesta arriba disfrutar el evento o, directamente, apoyar a su equipo. Esto es producto de esa disonancia entre las ideas y valores de estas personas y el deseo acostumbrado de que su pasión futbolera pueda realizarse en el torneo que significa la máxima expresión de ese deporte.

Las argumentaciones son obvias: el mundial es cada vez más un campeonato por y para millonarios, es la vidriera de jugadores, famosos, dirigentes y políticos ricos que le han “sustraído” al fútbol su alma popular para convertirlo en una de las mercancías más caras de la cultura moderna. Para ello, la FIFA – que sigue siendo una ONG – amplía el cupo de países que juegan el mundial – China fue el objetivo fallido – y embolsa miles de millones en publicidad y derechos de televisión.

Pero no solo eso, su presidente, Gianni Infantino, se ha congraciado con Donlad Trump, inventándole un Premio de la Paz cuando vio frustrada su apetencia por el Nobel de la Paz, aceptó el maltrato infligido a la selección de Irán e intervino eliminando una tarjeta roja al goleador del equipo estadounidense un día antes de un partido crucial.

Los integrantes de nuestra selección también parecen sintonizar con esta corriente principal: se les critica a Messi y De Paul haber ido a saludar – un tanto efusivamente – a Trump en un evento como integrantes de un equipo del fútbol de Miami, por sacarse fotos con políticos de derecha, en oficiar de modelos publicitarios – sobre todo de sitios de apuestas – y, básicamente, de no elevar ninguna crítica al poder que hace y deshace a voluntad.

Entonces se produce el cortocircuito entre la pasión y las ideas. ¿Estos muchachos nos representan? ¿Es bueno que resulten ganadores, y, por lo tanto, sean un ejemplo a seguir in toto por la juventud en la que se profundiza la falta de crítica?

Conozco casos extremos de personas que han gritado el gol de Cabo Verde, que se han ido de grupos de redes sociales para evitar ver la “idiotización” de sus amigos o discutir amargamente con ellos. Tal vez personas más necesitadas de consistencia y, por lo tanto, menos capaces de “disociar”. Y otras que sabiendo el contexto y los valores en juego optan por “aceptar” sólo la cara de la competencia que cada cuatro años revoluciona – contradictoriamente – a todo un país que siempre vivió el fútbol como algo constitutivo. 

Los argentinos celebramos el Mundial ’78 bajo una dictadura, con el atenuante de que sus atrocidades no eran ampliamente conocidas; en España ’82 seguimos a la primera selección integrada por Diego Maradona mientras estábamos en guerra con el Reino Unido; y el mundo entero fue a Rusia, en 2018, cuando los oligarcas rusos eran los mimados de Europa. 

¿Qué quiero decir con esto? que no es la primera vez que un Mundial está politizado, pero sí es la primera vez que los jugadores de nuestra selección son percibidos más alejados de la realidad cotidiana de los argentinos, tanto como que sólo uno de ellos juega y vive en este país.

La sola imagen de Trump entregando el trofeo a Messi – no muy diferente de la del emir de Qatar hace 4 años, aunque simbólicamente más fuerte – o del aprovechamiento político local de ese éxito, es algo difícil de digerir, un ácido capaz de disolver el deseo más acérrimo, al menos para muchos de nosotros.

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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.