Relato mata dato

La ley de la selva

El rocambolesco, aunque no menos poderoso, presidente estadounidense Donald Trump ha montado otra de sus charadas mediáticas para renombrar al Lago Ontario como Lago América. Ya había hecho algo similar con el Golfo de México al rebautizarlo – sin efectos legales – como Golfo de América; ambos gestos de humillación hacia países que considera poco dúctiles a las condiciones de negociación a los que somete en materia económica, política y de seguridad. Claudia Sheibaum y Mark Carney son objetos “cercanos” de escarnio y del capricho del blondo presidente cultor de la diplomacia de los machos alfa.

Ante esa reacción a la falta de sumisión, más Carney que Sheibaum ha subido la apuesta y aumentado las intenciones de divergencia respecto de la economía estadounidense. En esa guerra comercial que no comenzaron, ni desearon nunca, los vecinos han sido lanzados a los brazos de China, brazos en los que no quieren caer.

Tanto Europa como México y Canadá no sólo comparten la “viudez” respecto de los Estados Unidos, también son potencias medianas que se encuentran frente a la oportunidad de reforzar lazos mutuos, tal como sostuviera Carney en la Conferencia de Davos de este año, frente a la alternativa del sometimiento a Washington o a Pekín. Una Tercera posición diríamos en el país más austral del mundo.

Además de ser miembro de la OTAN, una alianza militar diseñada principalmente para proteger a Europa de la agresión rusa, Canadá también se ha unido a SAFE (Acción de Seguridad para Europa), el nuevo instrumento común de la Unión Europea para la adquisición de material de defensa. ¿Sería muy descabellado que Méjico siguiera ese camino? ¿Qué tal una OTAN – liderada por la UE en vez de los EE.UU. – sea integrada, por países como Méjico y Brasil?

Además de amenazar la soberanía europea, intimando quedarse con Groenlandia, Trump ha afirmado repetidamente que Canadá debería convertirse en el estado número 51 de los EE.UU. Sin llegar a la anexión, pretende obligar a importantes industrias que operan en ambos países a trasladarse por completo a EE.UU. Por ello, ha advertido con imponer aranceles del 50% a las importaciones de automóviles, camiones y autopartes procedentes de Canadá (a partir del 1 de enero) y ha aplicado aranceles punitivos adicionales a las exportaciones canadienses por valor de 20.000 millones de dólares. Peor aún, Trump quiere convertir a Canadá en un vasallo económico limitando su capacidad para negociar acuerdos alternativos con otros socios, como la UE, y amenaza con aranceles cada vez más elevados para lograr esos propósitos.

Así como Europa es vulnerable al chantaje militar de Trump, Canadá está muy expuesta a su extorsión económica, ya que alrededor del 70% de sus exportaciones se dirigen a Estados Unidos. Ante esta encrucijada vital, la UE podría encarar con Canadá una asociación económica, política y estratégica mucho más profunda, como una alternativa al actual liderazgo de Washington. ¿Trump puede evitar eso? 

Si esto no ha ocurrido a gran escala hasta aquí se debe a que existe la especulación – por parte de la UE, no de Canadá – de que unos EE.UU. sin Trump todavía puedan recuperar la armonía aliancista de antaño. Por esta razón, las elecciones de noviembre serán un momento clave para tomar decisiones. Si el oficialismo es derrotado – y si el mismo acepta el resultado anticipadamente adverso – habría menos incentivos para romper y más para esperar a que la pesadilla republicana deje la Casa Blanca. Si se diera lo contrario, existirían grandes chances para la reconfiguración de alianzas y mercados hacia la formación del bloque de potencias medias en el que, incluso, podrían entrar Brasil o el bloque Mercosur.

Por su parte, la UE tampoco goza de una estabilidad política que permitiría hacer esa movida. El partido Adf en Alemania o el Partido Nacional en Francia – aparentemente a tiro de lograr éxitos electorales este año y el que viene – amenazan la misma integración, debido a su nacionalismo y posiciones de extrema derecha que sintonizan con Trump.

A pesar de esta coyuntura y en medio de este contexto, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha planteado la idea de que la UE se asocie con el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (CPTPP), el bloque comercial de 12 miembros que incluye a Canadá, Japón, Australia y el Reino Unido. En conjunto, la UE y el CPTPP representan casi un tercio de la economía mundial, una proporción mayor que la de Estados Unidos o China. Ya se han iniciado conversaciones sobre un acuerdo de comercial digital, y las partes se han comprometido a no imponerse aranceles proteccionistas; sin embargo, el avance de esta idea es lento.

Carney y en menor medida Sheinbaum y Lula sienten el aliento en la nuca del Departamento de Estado que exige alineamiento muchas veces bajo condiciones vejatorias de su soberanía y hasta deben soportar la intromisión en sus procesos electorales.

La UE, por lejanía y poder económico todavía tiene resto. No obstante, conviene recordar la frase del primer ministro canadiense en Davos: “En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen dos opciones: competir entre sí para obtener favores o unirse para crear una tercera vía”. Canadá ya ha tomado su decisión, interrumpiendo las negociaciones con los EE.UU. y preparándose para resistir el embate de unas tarifas que van a desbaratar años de convivencia civilizada para instaurar un retroceso hacia una auténtica ley de la selva.

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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.