“Esperamos de un momento a otro a los bombarderos tripulados por criminales recolectados como desperdicios de los bajos fondos de toda América, adiestrados, equipados y asalariados por el Departamento de Estado, el Pentágono y el FBI para asesinar en masa a hombres, mujeres y niños que trabajan, estudian y miran con la cabeza alta al porvenir”, escribía Ezequiel Martínez Estrada – no precisamente un mxista – desde La Habana, en 1961, a escasos dos años de la Revolución cubana.
Cuba siempre fue una espina en la planta del pié de la primera potencia mundial. Esa isla, otrora zona de esparcimiento o burdel maldito tantas veces descripto en toda su complejidad por Leonardo Padura se mantiene desafiante, débil y devastada al pie del coloso que, de buenas a primeras, ha decidido perder los modales y hacer a cara limpia lo que antes tenía el pudor de hacer con un antifaz.
Han pasado cientos de peripecias y ese movimiento liderado por Fidel Castro, luego de languidecer por décadas, se enfrenta a lo que podría ser su hora final. La segunda administración Trump se ha propuesto y ha declarado que va a liquidar al agonizante proyecto cubano.
Esgrime sus razones para considerar a Cuba un problema de seguridad nacional, bajo su renovada doctrina Monroe. La principal es que Cuba permite que Rusia y China operen desde su territorio a menos de 200 km de Florida. Algo así como poner misiles de la OTAN a 400 kilómetros de Moscú.
El embargo y la escasez de petróleo ha hecho que los cubanos sean aún más miserables que antes, si tal cosa fuera posible. Un pueblo sin energía, comida ni insumos básicos. Al estrangulamiento económico inhumano se han sumado el envío de drones de vigilancia que han estado sobrevolando Cuba las últimas semanas. El 20 de mayo, el USS Nimitz, uno de los 11 portaaviones de propulsión nuclear de Estados Unidos, llegó al Caribe. Ese mismo día, el Departamento de Justicia estadounidense acusó formalmente a Raúl Castro de asesinato, por ordenar – supuestamente – los derribos de los aviones de la Operación Hermanos al Rescate, en 1996.
Marco Rubio de ascendencia cubana y representante de los intereses de los descendientes de exiliados cubanos en Miami afirma que las posibilidades de un acuerdo pacífico son escasas y que Cuba no puede ser reformada manteniendo el sistema político actual. Sin embargo, considera que una operación militar real sería sumamente arriesgada y difícilmente mejoraría la situación. Una incursión rápida e ilegal para derrocar al régimen podría tener éxito, pero no funcionaria como disciplinador, tal como en Venezuela.
De modo que el Departamento de Estado se está preparando para el posible colapso del gobierno de Cuba, “previsto” para este verano boreal, y ha ensayado nuevos planes de respuesta militar en caso de que la isla caiga en el promocionado caos.
El presidente Trump prefiere esta transición “pacífica” en Cuba, por lo que la administración seguirá impulsando sanciones económicas para intentar estrangular al régimen de La Habana mediante una constricción gradual. Esta presión metódica sobre el régimen comunista cubano – asistido débilmente por el petróleo ruso y mexicano – también está diseñada para darle tiempo a Trump, quien ahora está ocupado en conversaciones de paz con Irán, para que finalmente pueda concentrarse en Cuba y decidir cómo lograr sus objetivos allí.
Para doblegar a Cuba este año, el gobierno estadounidense cuenta con fomentar los levantamientos como los del 11 de julio de 2022 en la isla, que las autoridades cubanas reprimieron, encarcelando a los manifestantes que exigían mayores libertades.
Pero la vuelta del torniquete se aplicó el 1 de mayo cuando Trump firmó una orden ejecutiva que imponía «sanciones secundarias» dirigidas a empresas, muchas de ellas extranjeras, para impedirles hacer negocios con la organización que desde 1995 dirige el ejército cubano conocida como GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.)
El decreto paralizó de inmediato las acciones comerciales de la minera canadiense Sheritt International y a las navieras CMA CGM y Hapag-Lloyd. Se prevé que las instituciones financieras y las cadenas hoteleras de países como España, Panamá y México emprendan la retirada de Cuba.
Estas sanciones difieren del embargo estadounidense, que esencialmente prohíbe el comercio con la isla y que ha existido desde 1962. Marco Rubio anunció las sanciones contra GAESA el 7 de mayo y las convirtió en el eje central de un mensaje en video dirigido a los ciudadanos cubanos el 20 de mayo, Día de la Independencia de Cuba.
La política contra Cuba no se basa solo en la coerción. También incluye incentivos. Este mes, Estados Unidos anunció que donará 100 millones de dólares en ayuda a Cuba, con la condición de que no se envíen directamente al gobierno, sino que se canalicen a través de la Iglesia Católica y OSC. El año pasado, tras el huracán Melissa, ofreció 6 millones de dólares a Cuba.Mientras tanto, las nuevas generaciones de cubanos, alejadas de la gesta de sus abuelos sueñan con la yuma – quién podría culparlos – tal vez olvidando la lucha, ignorando que sueñan con serpientes.
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