El auge de la ultraderecha alemana revela el temor de los votantes por el declive de la industria y la infraestructura de ese país – motor económico de la UE – y es, a la vez, el reflejo de lo que ocurre en toda Europa.
Con sus automotrices, como VW, que esta semana anunció el despido de 100.000 trabajadores y reconvirtiendo una de sus plantas en una industria para la defensa, Alemania está a las puertas de la posibilidad de llevar al Afd al gobierno, primer partido de ultraderecha en hacerlo desde 1933. Como dijo la ex canciller Ángela Merkel: el triunfo de Afd en Sajonia – Anhalt es una verdadera tragedia nacional. Y europea, podríamos agregar.
Una encuesta previa a las elecciones en las que el Afd dio el batacazo la semana pasada indicaba la preocupación de los ciudadanos por el nivel de vida y, en segundo lugar, aseguraban que la inmigración es una amenaza.
La ciudadanía europea hace años que con una economía estancada – la implosión de la URSS le dio algo de aire – no encuentra en sus opciones políticas una solución que le haga tener una visión de futuro. Ese es el pasto seco en el que la ultraderecha arroja antorchas, organizaciones políticas sin pasado, lideradas por outsiders que arman partidos de un día para el otro, con mucho dinero de magnates y escasos profesionales de gobierno. Así, la “plaga” de la inmigración es consecuencia de la “inoperancia” de los políticos tradicionales. Hoy, en Alemania, todo el sistema político sufre el mismo fustigamiento que la República de Weimar.
Que China, además de liderar la movilidad eléctrica en Europa, haya pulverizado el nicho de los autos de lujo – ya lo había hecho con los otros – que eran orgullo de la Alemania industrial de posguerra, o que India acorrale su industria química, en medio del encarecimiento de la producción impulsado por el costo de la energía, son grandes heridas en la autoestima teutona. Y que, junto a esto, justo ahora, debido a las presiones de Washington sobre los países de la OTAN para que “paguen” por su seguridad, se le permita rearmarse – por acuerdo de posguerra le estaba vedado – estamos en presencia de la misma receta fatal de 1933.
Europa está rezagada en la carrera tecnológica y esa es una de las claves de la crisis. Si analizamos el sector tecnológico en general, en Estados Unidos hay 150 empresas que generan más de mil millones de dólares en ingresos por software. En Europa, hay alrededor de 30. La diferencia es abismal. Las Siete Grandes – las mayores empresas tecnológicas del mundo – en conjunto, representan casi la mitad de la capitalización bursátil mundial. Esa es una concentración extrema de riqueza y crecimiento económico en un solo sector: el tecnológico.
Pero, si observamos la industria no tecnológica consolidada en Estados Unidos, sufre exactamente el mismo malestar que la industria alemana o europea. El “Rust belt” sigue tan “oxidado” como antes de que Trump prometiera revitalizarlo. El crecimiento económico estadounidense se ve impulsado en gran medida por la inversión de capital en centros de datos, gracias al auge de la tecnología y la IA. La industria no tecnológica en Estados Unidos crece al mismo ritmo que la industria consolidada alemana o europea. Algo similar pasa en la Argentina: una economía de dos velocidades que acelera la desigualdad social y la falta de futuro para las mayorías.
Para empeorar las cosas, Donald Trump, promotor de la desunión europea, acaba de lanzar llamas sobre el Reino Unido, nada menos que visitando sólo la República de Irlanda – no la del sur – dando por resultado un comunicado de sus estados miembro en dirección a la desintegración.
Una tenue luz se enciende en Suecia en donde los socialdemócratas de Magdalena Andersson ganaron las elecciones en unos comicios en los que estaba en juego la posibilidad de que la ultraderecha forme, por primera vez, un gobierno en ese país, un escenario que todavía no está descartado. No cabe duda que pese a este caso, o a la derrota de Viktor Orban en Hungría, el futuro de Europa esta ensombrecido.
Como ya advirtiera el primer ministro canadiense Mark Carney, China y los EE.UU. se sentarán a la mesa del banquete en el que se repartirán la economía europea, a menos que se haga algo. Y “hacer algo” no debe implicar necesariamente a los 27 países de la UE, bastaría con las 4 o 5 economías más fuertes – incluida la del “perdido” Reino Unido – para coordinar con otras potencias medias como Canadá, Brasil y Méjico un esquema de desarrollo para la próxima década y una estrategia común de política exterior y de desarrollo y regulación de la IA.
La UE, en su momento crucial, debe poner sobre la mesa aquellos valores que la hicieron posible: la autodeterminación, la dignidad humana, la igualdad, la valoración de la vida, de la democracia y la ciudadanía y el respeto por la diversidad. Para defenderlos Europa debe aceptar que los procesos e instituciones sobre los que estos valores se impusieron han cambiado y ya no son efectivos, ni para sostenerlos ni para ofrecer una promesa de futuro común.
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