La llegada de Peter Thiel a la Argentina y el posible desembarco de su empresa Palantir, especializada en seguridad y análisis de datos, muestra el alcance y la influencia de los tecno oligarcas de Occidente. Con más presupuesto que países enteros, fuerte control de la política a través del financiamiento de candidatos de ejecutivos y legislativos, este grupo de magnates – al que Thiel pertenece – se mueve para moldear el mundo a su gusto. Y no lo esconden.
En Rusia, ese paraíso para la inversión y las ganancias astronómicas que se abrió con la caída de la Unión Soviética, se consolidó una oligarquía, que no exhibe atributos tecnológicos ni emprendedores, sino que simplemente se quedó con los negocios monopólicos que manejaba el estado comunista, en un reparto en donde Vladimir Putin fue el Gran Croupier.
A esta nueva clase dominante pertenece Bidznia Ivanishvili, que, a sus 70 años, es el “dueño” de Georgia por concesión de Putin – recordemos que Georgia se independizó en 1991 recuperando la autonomía que varios países de Europa del Este tenían antes de 1917- y fundador del partido “Sueño Georgiano”. Fue primer ministro entre 2012 y 2013, pero prefirió controlar todo desde las bambalinas. Así, hoy el ministro de justicia es su abogado personal, la ministra de salud es la dentista de su mujer y el ministro de defensa es su ex jefe de custodia – según cuenta el gran Emmanuele Carrere en su último libro: Koljós.
Tanto en parte de Occidente como en la Federación rusa y sus satélites, el funcionamiento eficaz de las instituciones estatales está bajo asedio. En el primer caso porque los tecno oligarcas desean eliminarlas por mecanismos digitales de control corporativo y en el segundo caso – donde podemos convenir que esas instituciones nunca funcionaron – como cascarones vacíos pero útiles para alzarse con las riendas de un país. En ambos hay un rechazo a la institucionalidad liberal racional, que también depende del nivel cultural de la sociedad civil y del alcance de su acción política. Las afinidades son claras: Sueño Georgiano apoyó la campaña de Donald Trump en las elecciones de 2024.
Por su parte, Ivanishvili – que alguna vez sonó como sucesor de Putin – y la oligarquía rusa tiene interés en que Estados Unidos abandone las ambiciones geopolíticas de los Demócratas, es decir, que abandone su liderazgo globalizador y se una al Club de los Oligarcas del Mundo, un cambio que ya es muy evidente con el abandono de Ucrania a su suerte, o las amenazas de dejar la OTAN.
Sueño Georgiano, en 2024 dio un giro geopolítico radical, alejándose de la intención que alguna vez tuvo de ir por una integración con las instituciones europeas y cayendo en la atracción gravitacional de Moscú. Los lazos con Rusia son políticamente delicados en Georgia, dada su historia de incorporación forzosa al imperio ruso y a la Unión Soviética. Actualmente, el ejército ruso ocupa dos territorios, Abjasia y Osetia del Sur, reconocidos internacionalmente como georgianos, pero gobernados por líderes separatistas. En 2008, ambos países libraron una guerra que dejó cientos de muertos y decenas de miles de desplazados. Las relaciones diplomáticas permanecen congeladas hasta el día de hoy.
Tras proclamarse vencedor en unas elecciones parlamentarias plagadas de irregularidades, Sueño Georgiano ha desmantelado el incipiente sistema de contrapesos del país y ha consolidado su poder. Las protestas populares contra esta usurpación por parte del partido gobernante son crecientes en un país de 4 millones de almas.
En respuesta a su “vuelta a Rusia”, Estados Unidos impuso sanciones a Ivanishvili a finales de 2024, alegando que sus acciones y las de Sueño Georgiano habían erosionado las instituciones democráticas, propiciado abusos contra los derechos humanos y restringido el ejercicio de las libertades fundamentales en Georgia, la cuna de Joseph Stalin.
Según la lista Forbes de 2025, Ivanishvili ocupa el puesto 1362 entre las personas más ricas del mundo. Se estima que su fortuna – amasada en Rusia – ronda los 7.600 millones de dólares, el equivalente a una cuarta parte del PIB de Georgia. Su fortuna se consolidó a través del holding Metaloinvest, construido con la “compra” de las empresas estatales soviéticas: las mineras Lebedinsky GOK y Mikhailovsky GOK y las siderúrgicas Oskol Electrometallurgical Plant (OEMK) y Ural Steel (siderurgia) y luego diversificándose hacia la banca y los negocios inmobiliarios.
Vemos en figuras como Thiel e Ivanishvili dos caras de una misma moneda antidemocrática, tecnocrática y constructora del mundo controlado por las corporaciones y sus dueños, tal como lo presagiara décadas atrás el genial Phillip Dick.
¡Feliz día del Trabajador!
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