Relato mata dato

Mark Carney da un paso al frente

Luego de que Donald Trump, desde el nuevo polo de poder mundial en que ha devenido la ciudad de Miami, lanzara su Escudo de América – si, como el del Capitán América – rodeado de una decena de presidentes menores de la región, quedó en claro que nuestro continente está fracturado en dos. El otro bloque – no colonialista – está formado, entre otros, por tres países muy poderosos: Brasil, México y Canadá. Con una particularidad, Canadá y México son vecinos limítrofes de los EE.UU.

De este trio políticamente dispar, sólo unido por su resistencia al Nuevo Orden Mundial de Miami, emanado de la voluntad de Trump, queremos centrarnos en la figura del primer ministro de Canadá, Mark Carney, quien irrumpió en Davos, este último enero, con un análisis radical del presente fallido y una alternativa plausible para el futuro.

El discurso de Carney fue una bofetada a una posición defensiva y vergonzosa de la UE frente a las bravuconadas demenciales de Trump relativas al comercio, la seguridad y su nuevo orden. Una repuesta a las declaraciones del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en las que trató al blondo presidente como «Papá» al hablar de la mediación del presidente entre Rusia y Ucrania. Rutte luego agravó su vergüenza diciendo: «Papá a veces tiene que usar un lenguaje fuerte».

Carney señaló que el modelo neocolonial de Trump sólo precipitará la espiral descendente de la hegemonía global estadounidense, al destruir alianzas de décadas con sus socios estratégicos. Pero también advirtió que el antiguo orden estaba herido de muerte en tanto estaba sostenido en una ficción compartida en la que siempre hubo una regla para Estados Unidos y sus aliados y otra para el resto.

En este punto, Carney propuso un nuevo camino para que las “potencias intermedias” como Canadá se alejaran de la sombra de la dominación estadounidense forjando nuevas alianzas y relaciones comerciales.

Frente a la visión de Trump de un mundo dominado por el imperialismo de las grandes potencias, Carney abogó por un futuro mucho más esperanzador y moralmente digno, argumentando que “las potencias intermedias como Canadá no son impotentes, tienen la capacidad de construir un nuevo orden que abarque nuestros valores, como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial”. Estas palabras sonaron muy bien en México, Brasil, Japón y muchos otros países que se han visto interpelados a participar de esta construcción.

El primer ministro canadiense que cree tanto en la iniciativa privada como en la planificación, dejó abierta la puerta para una nueva globalización de países medios en clave liberal. Pese a que Noami Klein haya celebrado sus palabras, Carney no es un hombre de izquierda. Sin embargo, no oculta su simpatía por la socialdemocracia, la ciencia, la lucha contra el cambio climático y la integración de los países en desarrollo a esa alianza de países medios.

Nacido en Alberta, un lugar muy conservador, Carney fue becado para estudiar en Harvard en donde conoció a su compatriota John Kenneth Galbraith, uno de los economistas liberales más destacado de Estados Unidos. Impresionado por Galbraith, Carney cambió su especialización de matemáticas e inglés a economía. Temas generales de la obra de Galbraith aún resuenan en el pensamiento de Carney, en particular su recelo hacia el impulso del laissez-faire, así como la conciencia de que el capitalismo no solo se basa en el individualismo, sino también en las instituciones. Luego, Carney estudió en Oxford, donde obtuvo un doctorado en economía en 1995, centrándose en la ventaja competitiva en el comercio internacional. A esto le siguieron 13 años en Goldman Sachs, durante los cuales se convirtió en un auténtico trotamundos, trabajando en oficinas en Tokio – en donde aprendió algo de japonés -, Londres, Nueva York, Boston y Toronto.

Llegó a ser vicegobernador del Banco de Canadá en 2003 y luego gobernador en 2008 de la misma institución. En 2013, cruzó el Atlántico para ocupar el mismo cargo de gobernador pero del Banco de Inglaterra, lugar que ocupó hasta marzo de 2020. A medida que ascendía en las filas del gobierno, Carney fue testigo privilegiado de las principales crisis del siglo XXI: la crisis económica mundial de 2008, el Brexit, la pandemia de 2020 y el agravamiento de la catástrofe climática. Durante la Gran Recesión, su experiencia en Goldman Sachs lo colocó a la vanguardia de la coordinación del desarrollo de nuevas regulaciones para frenar la especulación. Gracias a que el sistema bancario canadiense, serio y prudente, capeó la tormenta mejor que el de la mayoría de los demás países ricos, Carney se forjó una reputación de hábil gestor de crisis.

En un manifiesto que publicó en 2021, llamado Values, sostiene que en el capitalismo existe una disyunción radical entre los valores éticos y económicos, una disyunción que amenaza con socavar la salud misma del sistema social y argumenta que vivimos una “crisis de valores en la que los valores del mercado usurpan los de la humanidad” y que “los políticos que veneran el mercado tienden a implementar políticas que perjudican a la gente”. Cita al economista Branko Milanović, quien ha estado a la vanguardia en la denuncia de los peligros de la desigualdad económica global, al afirmar que estamos creando una “utopía de riqueza y una distopía de relaciones personales”.

El periodista canadiense Luke Savage, ha resumido la postura de Carney: “Finalmente, y de forma confusa, nos queda una visión de reforma que gira principalmente en torno a la cooperación de las élites y al fomento de una clase empresarial con una mentalidad más ética”.

En definitiva, Carney sigue siendo una figura del establishment. Ha descrito a Canadá como «el más europeo de los países no europeos». Las instrucciones a sus funcionarios sobre vestimenta apuntan a una visión jerárquica del mundo según la cual las élites deben ser ilustradas y comedidas, mientras que los subalternos deben ser obedientes. Quizás no sea casualidad que Carney sea un jefe notoriamente autoritario y dominante, dicen quienes lo conocen. Esta fusión de radicalismo y tradicionalismo es profundamente canadiense. Debido a su pasado leal y sus vínculos con el Imperio británico, Canadá ha alimentado durante mucho tiempo una tradición política particular llamada «Toryismo Rojo», que combina una mezcla de conciencia social y escepticismo hacia el imperio estadounidense con anglofilia y reverencia por las instituciones, rituales y formas sociales creadas por la nobleza con inclinaciones británicas que rechazó la Revolución estadounidense.

Si bien la tradición Tory Roja ha tenido poca influencia en el imaginario popular, ha existido como un ideal persistente entre la élite, haciéndola más receptiva a apoyar proyectos de construcción estatal, incluyendo la salud pública nacional. El gran pensador del siglo XX en esta tradición fue George Grant, cuyo libro de 1965, Lamento por una Nación, condenó el militarismo estadounidense de la Guerra Fría y ensalzó los vínculos británicos de Canadá. En la síntesis Tory Roja, el componente Tory (nacionalismo y jerarquía) puede fácilmente eclipsar los matices del rojo. Históricamente, los conservadores republicanos se afiliaron a partidos conservadores, pero a medida que la derecha canadiense se vuelve más populista y proestadounidense, el Partido Liberal se ha convertido en un refugio para esta corriente de pensamiento. Carney ganó en 2025 en parte porque los votantes progresistas, asustados por la amenaza de Trump de anexar Canadá, abandonaron el socialdemócrata Nuevo Partido Democrático (NDP) y se inclinaron por los liberales que llevaban las de perder. Carney apeló a esos votantes no solo afirmando que tenía la capacidad para entablar negociaciones difíciles con Trump, sino también prometiendo el retorno al sólido programa de vivienda gubernamental del que disfrutó Canadá después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero desde que asumió el cargo, ha habido pocas señales de radicalismo, o incluso de socialdemocracia, por parte de Carney. Ha gobernado como un líder de unidad nacional con importantes aperturas hacia la derecha, especialmente en el tema climático, donde ha dejado de lado sus principios. Esto, sin duda, está motivado en parte por el deseo de frenar el separatismo de Alberta – fomentado descaradamente por Steve Bannon y Scott Bessent – descartando la idea de que el gobierno federal está perjudicando a la industria petrolera.

Carney es un conservador liberal que ha lanzado una propuesta. En abril se reunirá con el presidente brasileño Lula Da Silva para refrendar acuerdos económicos y charlar sobre una nueva institucionalidad de gobernanza global, tal como lo viene haciendo desde 2025.

En septiembre de ese año junto a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum anunciaron el Plan de Acción México-Canadá 2025-2028. Este ambicioso plan de tres años servirá como hoja de ruta basada en cuatro pilares que reflejan las prioridades compartidas: prosperidad; movilidad, bienestar e inclusión; seguridad; medio ambiente y sostenibilidad.

También viajó a China y Japón con una agenda similar, una agenda que también es defensiva debido al acoso al que Trump ha sometido a Canadá insistiendo en que debería ser su Estado 52. Luego del asalto de Trump a Caracas y del ataque conjunto con Israel a Irán, es indudable que hay que hacer esfuerzos por oponerse al poder crudo de la prepotencia de los líderes mesiánicos. Carney ha lanzado el guante.

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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.