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La sobreproducción de élites

La teoría estructural-demográfica desarrollada por el biólogo devenido historiador Peter Turchin ofrece una teoría interesante para comprender cómo los sistemas democráticos que parecen ricos, desarrollados e institucionalmente sofisticados pueden desembocar en la secuencia: parálisis, radicalización y colapso, tal como lo percibe hoy en los Estados Unidos de Norteamérica.

Turchin describe un patrón que se ha repetido muchas veces a lo largo de la historia, en los que observa una secuencia predecible que las sociedades atraviesan como consecuencia de su propio éxito. En este patrón la sobreproducción de la élite puede intensificarse incluso cuando el empleo general y los ingresos medios permanecen estables: el cuello de botella es que la cantidad de lugares de poder son menores a la de aspirantes.

Es comprensible que, en las primeras fases del crecimiento de una sociedad o etapa de ella, las expectativas suelen ajustarse a la escasez imperante. Las expectativas de las personas son modestas, moldeadas por el recuerdo de épocas más difíciles, por ejemplo, a la salida de Europa de la Segunda Guerra Mundial. Cuando llega la prosperidad, esta supera las expectativas de la mayoría, creando una nueva expectativa vinculada al progreso y a las nuevas posibilidades.

Incluso en sociedades profundamente desiguales, la repentina llegada de un aumento de la productividad propicia un mejor nivel de vida para casi todos. A medida que el crecimiento económico tiende a incrementar el tamaño de la población, la economía tiene amplio margen para seguir expandiéndose en un círculo virtuoso donde el crecimiento poblacional y el crecimiento económico se refuerzan mutuamente.

A medida que las sociedades se expanden, pronto añaden nuevas capas de complejidad; surgen nuevos roles y las posiciones en la élite se amplían con la suficiente rapidez como para absorber a los aspirantes. Son períodos de integración en los cuales el optimismo es alto, la movilidad social ascendente se percibe real y la competencia no es de suma cero.

La expansión de la aspiración no es patológica; es una respuesta natural a la abundancia. Cuando hay recursos disponibles, las sociedades cultivan el talento y la ambición. Sin embrago Turchin sostiene que, tanto en la historia reciente como la antigua, el número de aspirantes a puestos de alto estatus excede el número de puestos disponibles.

Esto es lo que denomina “sobreproducción de élite”, que no es la causa inicial de la inestabilidad, sino un resultado estructural de décadas de generación de excedente y expectativas optimistas.

Un ejemplo histórico clásico es el sistema de exámenes para el servicio civil de la China Imperial. Durante largos períodos de paz y prosperidad, especialmente bajo la dinastía Song, el aumento de la productividad agrícola y el crecimiento demográfico permitieron al Estado invertir considerablemente en educación. La alfabetización se expandió y millones de familias fueron alentadas a capacitar a sus hijos para carreras burocráticas de alto nivel.

Como documenta Turchin en su trabajo Ciclos Seculares, esta expansión de la aspiración no fue patológica. Fue una respuesta racional a la abundancia. Pero el número de puestos con autoridad administrativa real (magistrados, gobernadores provinciales, funcionarios centrales) creció mucho más lentamente que el grupo de aspirantes con credenciales. Con el tiempo, el sistema produjo una gran clase de élites educadas y en busca de estatus que no pudieron ser absorbidas por puestos de poder, a pesar del continuo crecimiento del Estado.

Una vez que la bomba de riqueza se pone en marcha, tiende a retroalimentarse. Incluso si más personas ingresan a estratos profesionales cercanos a la élite, la bomba de riqueza continúa concentrando la riqueza en cada vez menos manos.

Al cruzar el umbral, la dinámica dentro de los círculos de élite comienza a cambiar. La competencia ya no se limita a unirse a la élite; se convierte en sobrevivir dentro de ella, defender la propia posición y obtener más como forma de asegurarse el lugar. Podemos pensar en la generación del ’80 en la Argentina, una elite que con sus internas no pudo clausurar el ascenso de la clase media aspirante a los puestos de mando del país.

Las élites que antes compartían suficientes intereses comunes como para coordinarse en materia de gobernanza comienzan a fracturarse. Cuando abundaban los puestos en relación con los aspirantes, los desacuerdos podían absorberse: había suficiente para todos. A medida que se intensifican la escasez de roles de élite y la concentración de la riqueza, cada cuestión política se convierte en una lucha distributiva de suma cero. Los marcos compartidos para la toma de decisiones se erosionan. Lo que desde fuera parece «polarización» es a menudo una guerra interna entre élites, librada a través de intermediarios ideológicos.

Las instituciones diseñadas para la coordinación se transforman en escenarios de combate posicional. La pregunta pasa de «¿cómo gestionamos esta institución?» a «¿qué facción la controla?». La captura se vuelve más valiosa que la función. Por eso, las instituciones pueden parecer operar con normalidad mientras pierden su capacidad de gobernar. Con el tiempo, instituciones enteras se movilizan como actores facciosos en conflictos intra élite que afectan a toda la sociedad.

Los aspirantes frustrados a la élite, tales como los fundadores de la UCR en el caso de la Argentina decimonónica, actores con credenciales, redes y capacidad de expresión, pero sin cargos, se vuelven accesibles para ser reclutados en coaliciones insurgentes. Tanto las élites establecidas como los aspirantes organizados comienzan a movilizar a sus bases populares para fortalecer su posición facciosa. Esta es – según Turchin – la respuesta racional a la competencia intra élite en condiciones de escasez. El “populismo” que emerge a menudo es un conflicto de élites gestionado mediante la política de masas.

Este patrón se repite a lo largo de la historia: muchos líderes revolucionarios provienen de personas externas al poder, cultas y ambiciosas. Personas con credenciales y capacidad organizativa, pero con acceso restringido a la autoridad.

Así, las élites comienzan a devorarse mutuamente. La destrucción de reputación, las purgas institucionales y las guerras entre facciones se normalizan. Las habilidades que triunfan en este entorno son precisamente las que empeoran la gobernanza. El sistema selecciona combatientes, no administradores.

Resulta tentador considerar la intensidad actual de la política estadounidense como un rasgo característico de la competencia democrática. Las democracias son ruidosas; las élites compiten; la polarización sube y baja. Sin embargo, varias características del momento actual la distinguen de la rivalidad intra élite habitual.

En sistemas estables, las élites en pugna mantienen acuerdos tácitos para preservar las instituciones. Los perdedores aceptan los resultados porque esperan futuras oportunidades de ganar. Esa expectativa consolida la moderación.

En la fase peligrosa, esta lógica se desmorona. Las élites actúan cada vez más como si la derrota fuera irreversible y se comportan en consecuencia. Los rivales ya no son oponentes a vencer dentro del sistema, sino amenazas que deben neutralizarse, incluso a costa de un daño institucional. La disposición a destruir a las élites rivales empieza a prevalecer sobre la disposición a preservar las reglas de la competencia.

La política normal implica persuadir a los votantes. La fase peligrosa consiste en reclutar masas enfurecidas como instrumentos contra otras élites: no para ganar elecciones, sino para intimidar, perturbar o deslegitimar las propias instituciones.

La movilización popular pasa de la participación episódica a la presión sostenida. La política de masas se convierte en un recurso estratégico en el conflicto intra élite, en lugar de un mecanismo para la toma de decisiones colectiva. A medida que el conflicto se define como una lucha de suma cero por la supervivencia, el espacio de negociación se derrumba. En este punto, la escalada ya no es una táctica, se convierte en una necesidad.

Una vez que los actores políticos rechazan la legitimidad de los resultados y la legitimidad de los procedimientos, la mediación institucional deja de funcionar. Las elecciones, los tribunales y las legislaturas dejan de funcionar como mecanismos de resolución de conflictos y se convierten, en cambio, en escenarios de guerras entre facciones.

En los Estados Unidos actuales, estas dinámicas ya no se manifiestan solo en los márgenes, sino que se han instalado en el corazón de la vida política. Los actores de élite se comportan cada vez más como si las derrotas electorales no fueran reveses temporales, sino derrotas existenciales. Los sistemas jurídicos, los organismos administrativos y las normas procesales ya no se consideran árbitros neutrales, sino instrumentos que deben ser capturados o neutralizados antes de que los oponentes puedan utilizarlos. El daño institucional se acepta como colateral siempre que niegue a los rivales influencia futura.

Estos patrones indican – para Turchin – que Estados Unidos ha pasado de la polarización democrática habitual a una fase más peligrosa en la que los mecanismos que antes convertían el conflicto en estabilidad ya no funcionan.

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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.