Relato mata dato

¿El estatismo de 唐纳德  Trump?

El neomercantilismo del presidente Donald (唐纳德 en chino) Trump se está instalando de modo firme en los EE.UU. Los grandes medios, la comunidad empresarial y muchos analistas especializados apuntan al carácter oligárquico de Trump pero soslayan que la intervención en el mercado es mucho mayor y arbitraria que la que le enrostraban al presidente Joe Biden al que acusaban de favorecer a determinados sectores con paquetes de financiamiento direccionados.

No sería incompatible un régimen oligárquico con una alta intervención, sin olvidar que el Estado siempre ha tenido en ese país un rol muy importante a la hora de asignar recursos en el presupuesto nacional. ¿Pero esto es tan así?

Para consolidar el modelo de Trump, siguiendo el ejemplo de China y, porque no, la estrategia del presidente Vladimir Putin cuando reordenó la Federación Rusa, los EE. UU. necesitan “morigerar” su democracia y liberar las fuerzas de “amigos” en el mercado, con un empujón del Estado. En esa dirección, Trump ha dado pasos importantes. Por un lado, ha acelerado el uso de la fuerza represiva del Estado, desplegando fuerzas federales como en California y Washington DC, para “evitar” desbordes vinculados al accionar de su cuerpo represivo novedoso: el ICE, encargado de hacer razias antiinmigrantes. O para combatir al crimen organizado, tal como ha amenazado en Chicago o en otros estados casualmente gobernados por demócratas.

Por el otro, hostiga a opositores como sucedió esta semana con su ex asesor John Bolton, o hace días cuando echó del gobierno a Erika McEntarfer, la encargada de medir la desocupación, por haber dado un índice que no le gustaba, y solo espera de los legisladores republicanos obediencia y alineamiento con sus directivas que han sido respetadas hasta aquí. En todo momento Trump parece ejercer un poder constituyente, más que constitucional, tal como se le ha conferido por la elección de 2024.

En lo económico ha exigido la renuncia del director ejecutivo de Intel, junto con la adquisición por parte del Estado del 10 por ciento de esa compañía. El viernes pasado se concretó esta operación y Trump posteó que: “la Administración asumirá una propiedad pasiva, sin representación en la Junta Directiva ni otros derechos de gobernanza o información”.

En el mismo rubro, el Estado acordó quedarse con el 15 por ciento de ciertas ventas de chips a China que Nvidia y Advanced Micro Devices, sin que se sepa cómo se utilizarán y controlarán esos fondos

Además, el Estado se quedará con la “acción de oro” de la US Steel como condición para la adquisición por parte de la japonesa Nippon Steel, operación que Joe Biden no autorizó por razones de seguridad nacional; tendrá una participación en la empresa de minerales críticos MG Materials; y dispondrá libremente, a voluntad del presidente, los 1,5 billones de dólares de inversión prometida por socios comerciales. Todas estas acciones han sido refrendadas por decreto, a diferencia de Biden que logró la aprobación del Congreso para medidas de incentivo industrial en sectores estratégicos.

Para ser parangonado con el sistema chino, estas intervenciones deberían estar acompañadas por políticas industriales o de desarrollo, o medidas regulatorias, de las que no hay una sola traza en la Casa Blanca una situación que se repite en espejo en la Casa Rosada de la Argentina. Peor aún, para volver a liderar la industria automotriz, mantener la de chips, e intentar ganar la carrera de la IA, hace falta que el Estado invierta en ciencia y tecnología, algo que los chinos han hecho durante décadas y que Trump está desfinanciando en forma alarmante.

La misma incertidumbre que está desparramando en el mundo de la diplomacia internacional basada en la voluntad de los líderes y su poder de “hacer tratos” es la que pretende aplicar para regir la política industrial de su país. Para eso Trump recibe en la Oficina Oval o en Mar-a Lago, indistintamente, a cualquiera que le ofrezca algún trato ventajoso, mientras frena los proyectos de energía renovable necesarios para abastecer eficientemente a la naciente industria verde, con la excusa de que son “woke”.

Está claro que Trump no es un estatista tradicional – podríamos decir que no lo es en absoluto – sólo está utilizando los resortes del Estado para aceitar un enorme capitalismo de amigos y alimentar grandes bóvedas de dinero que tendrán un fin más vinculado a la corrupción que a mejorarle la vida a los granjeros de Kentucky. Conocemos su pasado y no creemos que el alacrán cambie su naturaleza.

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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.