Wang Huning es un caso excepcional dentro de la élite china. Personifica el paso directo del mundo universitario al núcleo del poder sin haber desarrollado una carrera previa como responsable provincial o ministerial. Como ssesor de Xi Jinping su tarea ha sido la de dar coherencia teórica a las grandes estrategias del Partido Comunista Chino (PCCh), integrando la tradición marxista, el pensamiento político occidental y valores de la cultura china.
Es una figura clave de la política china desde hace décadas. Nacido en Shanghái en 1955, se formó como jurista y politólogo en la Universidad de Fudan, donde llegó a ser uno de los profesores más destacados de ciencia política de China durante la década de 1980. Sus investigaciones sobre el Estado, la modernización, la cultura política y la gobernanza llamaron la atención de la dirección del PCCh en pleno proceso de reforma y apertura. En 1995 fue incorporado al Comité Central como asesor de política e investigación, iniciando una singular trayectoria como principal arquitecto teórico de tres generaciones de líderes: Jiang Zemin (1989-2002), Hu Jintao (2002-2012) y Xi Jinping (desde 2012).
Desde 2023 ocupa la presidencia de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, reafirmándose a la vez como el principal ideólogo del Partido.
En su obra sostiene que la modernización requiere instituciones fuertes, estabilidad política, continuidad cultural y capacidad estatal, rechazando la idea de que la modernización y la occidentalización sean procesos equivalentes. Esa tesis constituye uno de los pilares fundamentales de la actual orientación estratégica china.
Las formulaciones de Wang recibieron el gran aporte de un viaje, en 1988, a los Estados Unidos. Allí, recorrió como investigador visitante ciudades, universidades, organismos públicos y empresas y absorbió el impacto de una sociedad – a la que consideraba en crisis – que mostraba una extraordinaria capacidad tecnológica y económica.
Esa experiencia la registró en “America Against America”, publicado en 1991, una obra que indaga sobre los efectos nocivos del desarrollo tecnológico y económico sobre la sociedad y la cultura de ese país. Wang sostenía que el problema americano, era el de una sociedad que podía multiplicar sus capacidades materiales, pero no garantizaba una comunidad política cohesionada.
A partir de su ingreso al PCCh, en 1995, Wang fue uno de los arquitectos de las grandes transformaciones económicas y sociales que atravesó China hasta hoy, teniendo que responder al desafío de cómo adaptar el proyecto socialista a una sociedad cada vez más compleja sin perder el control político sobre su desarrollo.
Durante la etapa de Jiang Zemin, Wang estuvo vinculado a la elaboración de la teoría de la Triple Representatividad, que permitió justificar la incorporación de empresarios y nuevos sectores sociales a la órbita del PCCh.
Bajo Hu Jintao, Wang contribuyó al marco ideológico de la Perspectiva Científica del Desarrollo, que enfatizaba un crecimiento más equilibrado. Posteriormente, quedó asociado a la articulación doctrinaria del Sueño Chino y del pensamiento político de Xi Jinping, ligado a la expansión a través de la Iniciativa de la Franja y de la Ruta.
Lo que une esas etapas es la búsqueda de una fórmula de legitimidad política que no dependa exclusivamente del crecimiento económico. El PCCh debe presentarse simultáneamente como garante de la prosperidad, representante de la nación, custodio de la continuidad histórica y promotor de la economía.
Desde esa perspectiva, la estabilidad institucional y la capacidad de planificación a largo plazo constituyen condiciones para el desarrollo nacional. Wang permite observar una dimensión del poder que suele quedar relegada frente a los indicadores económicos, la frontera tecnológica o el gasto militar. Hay factores de soft power como la atracción cultural, que es la capacidad de un país de proyectar sus valores, arte, estilo de vida e idioma para generar simpatía internacional; la legitimidad política: que es la percepción global de que el modelo de gobernanza o la política exterior de una nación son justos y ejemplares; y la diplomacia pública: entendida como la construcción de redes de influencia, ayuda al desarrollo no condicionada y la creación de narrativas globales que configuran la agenda internacional sin recurrir a la coacción económica o militar.
Esta cuestión adquiere especial relevancia en un escenario internacional marcado por la competencia entre China y Estados Unidos. La rivalidad no se limita a los semiconductores, la inteligencia artificial, las rutas comerciales o el control de recursos estratégicos. También rivalizan en la producción y empleo de elementos del soft power. Y en ese sentido sabemos que la administracón Trump ha abandonado todas las herramientas de soft power por considerarlas un «gasto».
La trayectoria de Wang muestra que la dimensión ideológica no es un simple complemento propagandístico de la política exterior china. Forma parte de la manera en que el liderazgo interpreta sus propias fortalezas, identifica las vulnerabilidades de sus competidores y construye sentido.
Su esfuerzo intelectual reconoce los fallos de la etapa marxista, pero se niega a entender la modernización, la democracia y el desarrollo en clave occidental. Su obra permite entender que el ascenso de China no puede explicarse solamente por sus reformas económicas, su capacidad industrial o la planificación estatal. También requiere estudiar las ideas mediante las cuales sus dirigentes interpretan el desarrollo, justifican el poder y definen los objetivos nacionales.
Alguno dijo por ahí, en tono jocoso, que, tal vez, cayó en sus manos algún ejemplar de “La comunidad organizada”…
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