Relato mata dato

TACO en Europa y en Asia

A Donald Trump no le gusta que le digan TACO (Trump Always Chickens Out) en referencia a que luego de sus bravuconadas retrocede. Un ejemplo de esto es que, luego de que su intervención militar Blitzkrieg en Venezuela le reportara un rotundo éxito y lo envalentonara a amenazar a Colombia, Méjico y Cuba y encarnizarse con Groenlandia, en Davos dejó en claro que no utilizaría la fuerza para obtener ese “pedazo de hielo”, tal como lo mencionó.

Los países de la UE se han dado cuenta de que los EE.UU. bajo esta administración han roto con el concepto de alianza para sustituirla por el concepto de “amigo” – cuando se hace lo que Trump quiere – o “enemigo” cuando pasa lo contrario. A la hoguera los viejos preceptos.

El recule vino luego de que comenzara una masiva venta de bonos del Tesoro en manos de países europeos que hicieron sentir la presión económica sobre Wall Street. Y si bien existen algunos personajes complacientes como Mark Rutte o fascistas como Viktor Orban en el viejo mundo, la realidad indica que los europeos captaron el mensaje y miran hacia otros horizontes. De allí el anunciado acuerdo económico entre la UE y la India – mucho más poderosos que el del Mercosur y la UE – y que cayó como una bomba en la Oficina Oval.

El viaje del desleído primer ministro británico Keir Starmer, a Pekín, sirvió para conversar con Xi Jinping la posibilidad de profundizar la relación de ambos Estados y consiguió que a los ciudadanos del Reino Unido no se les requiera más visa para viajar a China. Eso también hizo rabiar a Trump.

Emmanuel Macron, en Davos, marcó el territorio declarando que la UE no toleraría el ataque a la soberanía de Dinamarca como no la hace con la invasión a Ucrania por parte de Rusia.

El mensaje de Europa es claro y sigue el lineamiento del discurso del primer ministro canadiense Mark Carney: No aceptamos las reglas de Trump, queremos mantener un mundo regido por instituciones y reglas claras, más allá de que las actuales puedan tener falencias.

En Asia ocurre algo peor porque Trump ignora, directamente, el hecho de que China está azotando tanto a Taiwán como a Japón, otrora aliados de los EE.UU. que han sido abandonados a su suerte.

Luego de aplicar sus estrafalarias gabelas a China y de recular, el presidente estadounidense parece mostrar poco interés en el profundo desafío que China representa para su país, y mucho menos en cómo se está desplegando en la región Indopacífica. En un marcado cambio respecto a la política bipartidista de la última década, incluido el primer mandato de Trump, la nueva administración ha dedicado los últimos meses a un esfuerzo coordinado para congraciarse con el presidente chino Xi Jinping antes del viaje previsto de Trump a Pekín en abril próximo. En la mente de Trump, Xi es un par, otro monarca mundial.

En aras de lo que imagina será una fastuosa bienvenida y un modesto acuerdo comercial, Trump ha suavizado la política de Estados Unidos hacia China en todos los ámbitos, incluyendo la reducción de controles esenciales a la exportación de semiconductores sensibles y la eliminación de los planes de imponer sanciones a China por intrusiones cibernéticas a gran escala en Estados Unidos.

Por otro lado, la avanzada de Xi en Asia es temeraria. Empezó por casa con el arresto de los generales Zhang Youxia y Liu Zhenli, dos de los líderes militares más poderosos de China. Esa celeridad es inusual – tanto del arresto como del juicio ya iniciado – para los que leen la política del PCCH. La acusación de corrupción esconde los motivos políticos: Estos militares están “atrasando” la invasión a Taiwán, en la mente de XI. Son acusaciones políticas, prácticamente idénticas a las formuladas contra el exvicepresidente de máxima autoridad de defensa nacional y el órgano supremo de mando del Ejército Popular de Liberación, He Weidong, cuando fue purgado el año pasado.

Zhang no es solo un general; era un aliado histórico de Xi, vinculado por lazos familiares que se remontan a la era de Mao. Su caída sugiere que nadie, por cercano que sea, está a salvo si Xi percibe dudas o ineficiencia en la ejecución de sus objetivos militares.

Más hacia oriente, Japón, al igual que Alemania, está llevando a cabo su transformación militar más significativa desde la Segunda Guerra Mundial.

Este rearme es debido a la doble acción de abandono de los EE.UU. y avance de China.En el último año, China prohibió la exportación de artículos de doble uso (aplicación militar/civil) a Japón, afectando a sectores como la biotecnología y la industria aeroespacial.

Las aeronaves y buques de guerra chinos han incrementado sus actividades cerca de las islas Senkaku que están en disputa y las islas del suroeste de Japón.

China ha instado a sus ciudadanos a evitar viajar a Japón. La semana pasada, luego de unas declaraciones de la primera ministra nipona en las que asumía una postura inequívocamente protaiwanesa en el conflicto que China mantiene con la isla, Pekín decidió cancelar todos los vuelos de sus 49 rutas aéreas hacia Japón. Esto afecta el turismo y el comercio, lo que podría costar a la economía japonesa hasta 2,2 billones de yenes, unos 14.200 millones de dólares.

China no ha ahorrado amenazas, incluyendo una «derrota aplastante» si Japón interviene en una contingencia relacionada con Taiwán, y ha mantenido una acalorada retórica con el personal diplomático.

Ante la creciente amenaza de China, los desafíos de Corea del Norte y la agresividad de Rusia, el gobierno japonés ha abandonado su postura militar exclusivamente defensiva.

Pero ese cambio es de largo aliento porque todavía necesita la infraestructura estadounidense de Inteligencia, Vigilancia y Reconocimiento (ISR) y la adquisición de objetivos en tiempo real, capacidades que hoy no tiene. Por su parte, las fuerzas militares estadounidenses en Japón (USFJ) funcionan principalmente como administradores de bases y tropas, pero no tienen autoridad de combate real; las órdenes provienen del Comando del Indo-Pacífico en Hawái, a miles de kilómetros y en una zona horaria distinta. Una esta estructura es demasiado lenta para la guerra moderna.

Todo este panorama es muy complejo para resolverlo con los Grandes Tratos entre reyes que propone Trump y la complejidad parece ser algo que lo aburre y que finalmente desbaratará todos sus planes, porque que en sus transaccionalismo Trump logra algo, pero ese logro es tanto a más inestable que esas instituciones a las que critica y destruye. No olvidemos que sus empresas siempre fueron a la quiebra luego de un inicio fulgurante.

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ronchamp
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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.