Relato mata dato

El azote del mal

El 6 enero de 2021, más de 2000 activistas de Donald Trump – muchos de ellos armados – asaltaron el Congreso de su país. Sumidos en un delirio colectivo por el que estaban “fundando o refundando” los Estados Unidos de Norteamérica como si fuera 1776. El objetivo era evitar que el demócrata Joe Biden fuera electo presidente. Persiguieron a la vocera de la Cámara, la demócrata Nancy Pelosi y corearon su intención de «colgar a Mike Pence», entonces vicepresidente republicano.

Era un movimiento desesperado de Donald Trump por no ser derrotado por la voluntad popular y desde entonces alega que ganó la elección pero que le fue robada. La excusa de todo mal perdedor y la muestra de su desprecio por las reglas y la democracia en general.

Desde la década de 1980, los republicanos han impulsado la idea de que un gobierno popular que regula las empresas, proporciona una red de seguridad social básica, promueve la infraestructura y protege los derechos civiles aplasta el individualismo del que depende el “espíritu” de los Estados Unidos. A medida que los recortes a la regulación, los impuestos y la red de seguridad social del país comenzaron a vaciar a la clase media, los republicanos difundieron la idea de que los problemas del país provenían de minorías codiciosas y de las mujeres que querían trabajar en vez de estar en el hogar. Insistían cada vez más en que el gobierno federal robaba el dinero de los impuestos y destruía la sociedad, y alentaban a individuos a tomar las riendas del país.

Por otro lado, los republicanos también llevan décadas instalando la idea de que los demócratas solo pueden ganar elecciones haciendo trampa.

En 2016, Trump insistió en que su oponente demócrata merecía estar en la cárcel y que solo él podía salvar al país del «pantano» de Washington, D.C. Otros líderes republicanos que inicialmente lo habían rechazado comenzaron a apoyarlo cuando se hizo evidente que podía movilizar a una nueva generación de votantes descontentos y llevar a GOP al poder.

Era díscolo, un empresario oscuro, pero continuaron apoyándolo, alegando que podría ser controlado por el establishment por su primer jefe de gabinete, Reince Priebus, quien pasó de dirigir el Comité Nacional Republicano a la Casa Blanca durante los primeros seis meses del primer mandato de Trump. En ese lapso, Trump impuso la rebaja de impuestos que deseaban los líderes republicanos, así como el nombramiento de uno de cada cuatro jueces federales, incluyendo tres magistrados de la Corte Suprema, que protegerían el proyecto republicano en los tribunales.

Pero la idea de que Trump podía ser controlado se desmoronó en septiembre de 2019, cuando se reveló que intentaba manipular las elecciones de 2020. Un denunciante dijo que Trump había llamado al recién elegido presidente de Ucrania, Volodomyr Zelensky, en julio de 2019 para exigirle que difamara a Joe Biden, quien estaba arriba en la mayoría de las encuestas antes de las elecciones de 2020. Si Zelensky no lo hacía, Trump retendría el dinero que el Congreso había asignado para financiar la lucha de Ucrania contra Rusia, que había invadido Ucrania y tomado Crimea en 2014.

En la investigación posterior hecha por el Congreso, testigos revelaron que los laderos de Trump dirigían un plan secreto en Ucrania para socavar la política oficial estadounidense y beneficiar a sus aliados. Pese a eso, los republicanos siguieron apoyándolo.

Trump pudo esquivar la investigación y buscó venganza insistiendo en su particular modo de ver las cosas, afirmando que “cuando alguien es presidente de Estados Unidos, la autoridad es total.” Por lo tanto, tenía el “derecho absoluto” de usarlo si quería.

Hasta el día de hoy, Trump sigue diciendo que le robaron la elección, pese a que sus abogados presentaron y perdieron al menos 63 demandas en varios estados, la mayoría desestimadas por falta de pruebas. Y en su segundo mandato ha indultado a los manifestantes detenidos o procesados por el asalto al Capitolio que él mismo promovió, al dirigirse a ellos y decirles: “Nunca recuperarán nuestro país con debilidad. Tienen que mostrar fuerza y ​​tienen que ser fuertes. Hemos venido a exigir que el Congreso haga lo correcto y solo cuente a los electores que han sido legalmente designados… Y luchamos. Luchamos con uñas y dientes. Y si no luchan con uñas y dientes, ya no tendrán un país». Y, sabiendo que estaban armados, les dijo que marcharan hacia el Capitolio.

En su segundo mandato, Donald Trump ha regresado recargado, con el ánimo de mostrar esa fortaleza, creando DOGE para achicar el estado federal, el ICE para asolar las calles en busca de inmigrantes ilegales, descalabrando la economía y la diplomacia de los Estados Unidos, generando enormes bolsones de corrupción y llevando zozobra a los mercados globales con su “expertise en acuerdos”. Los acuerdos a partir de su mundo abstruso de tarifas han logrado, de forma inmediata, una buena acumulación por parte del gobierno federal, dando una “ilusión de riqueza” que dará paso, más temprano que tarde, a una mala situación económica. Las familias estadounidenses están perdiendo su cobertura médica, el poder adquisitivo de sus salarios, la posibilidad de comprar una vivienda y, en general, de vislumbrar un futuro mejor para sus hijos.

El secuestro de Nicolás Maduro es un capítulo más de su bravuconería desatada. Ya había tanteado el terreno de la fuerza bruta con la destrucción de lanchas presuntamente tripuladas por narcos y el secuestro de barcos petroleros en aguas internacionales sin motivo alguno. Es evidente que está en juego el control de los recursos naturales y el esbozo de una nueva Doctrina Monroe plasmada en el nuevo documento de Seguridad Nacional que tiene como principal objetivo echar a China de América. No sabemos si lo logrará en Venezuela, donde el régimen chavista permanece intacto y con el que negocia el destino de su petróleo al mismo estilo que China (aunque los chinos no aplican la amenaza física): No nos importa tu régimen político sólo el negocio que podemos hacer.

Por ahora sacar de Caracas a China es una incógnita y mucho menos desligar al gigante asiático de Brasil o México grandes potencias con fuertes lazos comerciales chinos. Hasta Javier Milei hace malabares para mantener la relación con Pekin y jurarle amor eterno a Trump.

Pero sobre todo este asunto está a la vista la egolatría del No Premio Nobel de la Paz: se ha dado el gusto de arrestar a Maduro – con obvia complicidad de parte del chavismo – de llevarlo a Nueva York para humillar a Zorhan Mamdani y enjaularlo – luego de exhibirlo por las calles de Manhattan como un trofeo – en la cárcel en la que el proxeneta, amigo suyo, Jeffrey Epstein, apareciera muerto.

Donald Trump se ha transformado en el azote del mal. Todos los días amenaza, maltrata, insulta y menosprecia a un variopinto conjunto de colectivos como forma de esconder lo que realmente está ocurriendo: Su país es débil, ha perdido la supremacía y no puede sostener la promesa de campaña de volver a hacerlo grande otra vez.

Todos sus actos van en contra de la posibilidad de la promesa MAGA. La grandeza de su país fue producto de sentar las reglas que más favorecían a los Estados Unidos a la salida de la Segunda Guerra Mundial con la construcción de alianzas e instituciones internacionales que, con sus defectos, ayudaron a mantener un mundo basado en el derecho. Trump propone un mundo de machos alfa y su séquito de oligarcas, con sus áreas de influencia, un mundo donde la voluntad de las corporaciones y del gran capital sea la regla. Un mundo mafioso. Por allí va Elon Musk con su billetera abierta y disponible para financiar a todos los candidatos republicanos para la elección de medio término, según anunciara la semana pasada.

Silenciosamente, varios candidatos socialistas (Democratic Socialists of America o DSA) han ganado en Nueva York, Virgina y Nueva Jersey, marcando una tendencia opuesta a los desvaríos de Trump y su troupe de republicanos que sacan tajada de su capacidad de lograr votos y hacerles concesiones de desregulación y quita de impuestos.

Con el tiempo veremos si esta oposición puede hacer frente a tanto poder acumulado y trascender las fronteras para proponer las reglas de un mundo mejor, o al menos, más racional.

En 1995 Carl Sagan había anticipado todo este cuadro de situación: “Tengo un presentimiento sobre los Estados Unidos de la época de mis hijos o nietos: con una economía de servicios e información; cuando casi todas las industrias manufactureras se hayan trasladado a otros países; cuando los asombrosos poderes tecnológicos estén en manos de muy pocos, y nadie que represente el interés público pueda siquiera comprender los problemas; cuando la gente haya perdido la capacidad de establecer sus propias agendas o cuestionar con conocimiento de causa a las autoridades; cuando, aferrándonos a nuestros cristales y consultando nerviosamente nuestros horóscopos, con nuestras facultades críticas en declive, incapaces de distinguir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es verdad, nos deslicemos, casi sin darnos cuenta, de vuelta a la superstición y la oscuridad…

El empobrecimiento de los estadounidenses se evidencia más claramente en la lenta decadencia del contenido sustancial en los medios de comunicación enormemente influyentes, la programación del mínimo común denominador, las presentaciones crédulas sobre pseudociencia y superstición, pero sobre todo una especie de celebración de la ignorancia.”

Todo esto es lo que el actual bloque de poder representa en el gran país del norte.

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Politólogo UBA, Master FLACSO, pelotari Centro Navarro.