El desarrollo de la IA, más allá de conformar una inmensa burbuja especulativa que está impulsando la economía global, tiene la particularidad de abarcar todos los campos imaginables. A fines del siglo XX, la revolución de las computadoras afectó sobre todo a las comunicaciones con su inmenso impacto. Pero la IA se hará sentir en todos los ámbitos.
En la política tendrá repercusiones cuyo alcance aún desconocemos. Para la gestión pública es útil para revisar procesos. Por ejemplo, un grupo de Stanford realizó un estudio en colaboración con la ciudad de San Francisco para revisar miles de páginas de requisitos exigidos por el gobierno federal y descubrió que aproximadamente el 35% de ellos simplemente no se utilizaban ni revisaban. Esta tarea – nada novedosa – que antes se hacía en forma “humana” resultó más sencilla aplicando la IA. El asunto es qué se hace con esa información. Seguramente eliminar requisitos, acortar el informe, “modernizar” la administración. Pero dar ese paso es una decisión política que no toma la IA y que tiene implicancias en cuanto a que posiblemente muchas personas pierdan su trabajo o deban reentrenarse para conseguir otro.
Pensemos en un proyecto de ley que entra a una comisión para su tratamiento y cada partido utiliza la IA para analizarlo. Sabemos que la IA está entrenada con lo existente en la web, las nuevas interacciones – cuyo aporte ayuda a que crezca y adquiera nuevas habilidades no muy bien explicadas por los expertos – y que además tiene el sesgo de complacer a quien sirve. Así, podría ser que la IA utilizada por del partido A complaciera su sesgo y lo mismo con el partido B. Entonces, las recomendaciones serían diferentes y la resolución quedaría en manos de la discusión de los humanos. Nota al pie: con años de intercambio ¿la IA tendería a uniformar sus conclusiones de modo que la respuesta sea igual para ambos partidos?
La IA ya a afecta la forma en que hemos conocido hasta aquí la deliberación política. Por un lado, existe la fragmentación del espacio público, llamadas cámaras de eco – en la nueva jerga IA – que se crean porque los algoritmos personalizados exponen a los ciudadanos solo a argumentos que refuerzan sus prejuicios existentes, tal como vimos en el ejemplo de partido A y B, lo que se entiende como sesgo ideológico de las IA. Este fenómeno es la reproducción de lo que sucede en la realidad comunicacional “humana” pre IA: escuchamos las radios, vemos los programas y leemos los medios que son políticamente afines a nuestras opiniones. Pero todavía somos conscientes de tal elección y esa decisión está a la vista. El algoritmo vela esa relación.
Es decir que al no estar expuestos a la alteridad o a visiones opuestas, la capacidad de deliberar (que implica escuchar y ganar o ceder) se reduce, aumentando la polarización.
Por otro lado, utilizando IA podemos poner en crisis la verdad y veracidad de las cosas (Deep fake), por lo que dudamos de la calidad de la información disponible y quedamos debilitados en los argumentos para sostener una posición determinada.
Ahora bien, el núcleo de lo político es la posibilidad de deliberar y en ese ejercicio se juegan intereses. La lucha por imponer esos intereses puede generar un escenario distinto (revolución) o un cambio de paradigma (renta universal), ambas posibilidades no figurarían en la elucubración de los algoritmos que están creados por los intereses del pasado, “cristalizando” esas preferencias en un momento eterno. Otra nota al pie: según una reciente investigación la IA actual tiene serios problemas para “hacer” ciencia por la misma razón, no pueden pensar “fuera de la caja”, acto indispensable para su avance.
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